viernes, 6 de abril de 2012

6 de abril

Esta mañana me he despertado pensando en ella.

Han pasado siete años, hacía tiempo que no me acordaba. Pero la mente es así, siempre está dispuesta a jugarte malas pasadas cuando menos te lo esperas, a pillarte desprevenido para atacar con algo que te hunda y haga que llores de forma miserable utilizando tan solo una imagen, una palabra o una sonrisa.

Hoy esos han sido los buenos días de mi cabeza, la he recordado riendo tan solo una milésima de segundo y...

Bueno, la vida sigue, por lo menos para mí, así que me he levantado de la cama de un salto y e iniciado mi ritual matutino intentando distraer a mi cerebro de sus maquinaciones pensando en millones de cosas referentes a mi vida diaria.

Después de la ducha abro el grifo hacia la derecha, marcando la bolita roja al máximo, cerca de los 40º, me lavo la cara tres veces con jabón anti bacteriano y seguidamente me aplico una crema hidratante para reducir la irritación. Esa sensación de frescor después de quemarme me encanta. Mi forma de afeitarme es con pinzas, no quiero que esos malditos pelos vuelvan a salir, así que a medida de ir arrancándomelos diariamente, ya son pocos los rebeldes que intentan poblar me la cara. Me arranco los cuatro pelos que me han salido cerca de las comisuras y los dos del bigote. También me gusta este dolor.

Luego me paseo por la casa desnudo, y a través de su ventana, la vecina rubia del apartamento de enfrente me sonríe. Los primeros días intentaba disimular y miraba desde detrás de algún mueble o asomaba por la esquina de la pared como si fuera un perro que está haciendo algo malo, ahora que sabe que no me importa ni siquiera se molesta en esconderse o ruborizarse, incluso me da los buenos días. No he comprado ni puesto cortinas, ella forma parte de mi ritual.

Como cada día pongo una cafetera, abro la puerta y recojo la correspondencia del día que diligentemente me deja Rubén delante de casa. Tengo una suscripción con la editorial de el periódico y otra con el cartero, me cuesta sesenta pavos al mes que suba hasta el quinto piso para dejarme el correo en una cesta metálica que he instalado al lado de mi puerta. Dejo las facturas en una mesita auxiliar que tengo en la entrada, luego las clasificaré, me quedo con el periódico.

Suena el móvil, no puedo contestar, el simple sonido del tono interrumpiendo mi ritual me enerva.

Vuelvo a la cocina, me sirvo el café y me desplomo en el sofá con la prensa en la mano. Me leo los titulares y los artículos que me parecen interesantes sólo hasta que se me termina el café. Me levanto, vuelvo al dormitorio y me visto. Unos vaqueros elásticos negros que se pegan a mi piel de forma muy cómoda, una camisa roja perfectamente planchada que me queda un poco holgada, la americana y las deportivas. cojo mi portátil y me voy a trabajar.