-
Así
que la marisma del lobo ¿Eh? -
Se escuchó, o más bien, no se escuchó. Ya que la frase había sido
pronunciada en un susurro débil y enfermizo, en una de las esquinas
de la húmeda casucha. Una niña tan delgada que habría preocupado a
cualquier abuela se hayaba sentada en el negro suelo de madera sin
pulir, con las piernas completamente estiradas y sujetando con las
dos manos una bola de cristal más grande que ella que descansaba
sobre su regazo, encima de su falda.
En
esos instantes, en el centro de la habitación, unos niños jugaban a
las cartas mientras reían y se gritaban unos a otros, acusandose de
hacer trampas o burlándose del mal perder de unos y de otros. Las
risas llenaban el interior de la oscura cabaña, dándole un color y
una alegría de la que esta carecía por si sola. Los niños no
parecían haberse percatado de la frase pronunciada por su amiga,
estaban demasiado ocupados con el juego como para darse cuenta. Esto
a Alice le encantaba. No es que fuera una chica muy misteriosa, solo
que le gustaba guardarse algunos secretos, sobretodo los que no eran
suyos, para poder regocijarse de lo perdidos que andaban los demás
buscando la verdad. El saber cosas que el resto de la gente desconoce
le producía una sensación extraña de superioridad, además, era
divertido ver como se equivocaban continuamente.
-
¿Has visto algo Alice? - Le preguntó uno de sus amigos, un chico
más alto que el resto, algo más mayor. Se inclinó un poco para
mirarla, estirando solo su tronco en dirección a ella, sin moverse
del sitio.
Alice
le contestó sacudiendo la cabeza en forma de negativa, no era una
chica de muchas palabras y menos cuando quería guardarse algo. La
mejor forma de mentir era no decir nada.
-
¿Que va a ver? Eso de la bola de la adivinación es una pantomima,
solo funciona en las películas - Dijo el segundo niño, sin dejar de
jugar a la partida. -. ¡Chúpate esa cara de troll! La tenía
reservada para tí. - Se mofó tras tirarle una carta a una de sus
compañeras.
-
¡Ni siquiera sabes lo que significa pantomima! - Le replicó la
víctima del ataque, algo enfadada, tanto por el insulto como por lo
que le habían lanzado. Suspiró mirando sus cartas, mientras se
apartaba un mechón de pelo rubio de la cara y bajaba la mirada con
resignación, apuntó a la cuarta y última niña con la mano. - Tú
vas, no tengo nada... -
-
¿Como que no se que significa? ¿Me estas llamando tonto? - Le
contestó el chico a la rubia, mientras la propietaria del turno
sonreía de forma pícara al ver a la pareja discutir. Si supieran lo
que ella tenía en la mano... Pero prefería guardarselo durante un
rato, les dejaría creer que tenían alguna posibilidad antes de
demostrar su clara superioridad en un último y asombroso final de
juego en el que ella ganaría, claro, como siempre.
El
chico más mayor dejó las cartas sobre la mesa y se levantó para
acercarse a Alice, a nadie pareció importarle. La pareja se había
olvidado del juego para entrar en una discusión personal y la
tercera en discordia estaba encantada de tener un adversario menos
del que preocuparse.
-
No te preocupes, seguro que algún día funcionará - Le dijo el
chico a Alice, poniendose de cuclillas frente a su amiga para que sus
ojos estubieran a la misma altura. El chico era grande, todo en él
era grande. Se podría decir que estaba demasiado musculado para su
edad, pero él siempre pensaba que no era suficiente y procuraba
entrenar lo máximo posible. Era un chico de aproximadamente metro
sesenta, de anchos hombros y fuertes piernas, con más musculatura en
el brazo de lo que se esperaría en un niño cualquiera, ni siquiera
en un niño muy deportista. Si no fuera por su cara, que aún era
lampiña y aniñada, nadie habría dicho que se encontraba a
principios de la adolescencia.
-
No pasa nada Tomahawk, sé que funciona, aunque yo no vea nada. - Le
contestó Alice en voz baja con una sonrisa amplia y cargada de
amabilidad. Tomahawk le puso la amplia palma de su mano derecha sobre
la cabeza y le devolvió la sonrisa con complicidad. Alice parecía
tan frágil que le incitaba a protegerla. Tomahawk se sentía como si
fuera su responsabilidad el que a esa niña nunca le pasara nada
malo. Odiaba verla triste o decepcionada.
La
puerta de la cabaña se abrió de golpe con un crujido, haciendo que
todos los presentes dejaran lo que estaban haciendo para mirar en su
dirección. Un amplio rayo de luz iluminó el interior de la
habitación dejando al descubierto el polvo y las telarañas que se
ocultaban en la oscuridad, dando paso a una visión más lúgubre y
desvencijada de la casucha, en la que el moho, la suciedad y los
insectos eran los protagonistas.
-
No entiendo la manía que teneís de esconderos aquí sin decirle
nada a nadie. - La voz era grave y varonil, con un pequeño toque
sureño en el acento. Su piel bermeja y sus facciones le delataban
como nativo americano y aunque era bastante mayor que el resto,
parecía encajar a la perfección con ellos, como si fueran amigos de
toda la vida. El joven que acababa de entrar a escena se sacudió las
manos tras cerrar la puerta. - Esto es asqueroso. - Dijo con un toque
de conformismo, ya que sabía que por mucho que se quejara no iba a
cambiar nada y tendría que seguir viniendo a la cabaña si quería
encontrarse con ellos. Al escucharle hablar los chicos volvieron a la
normalidad. Ahora que ya sabían de quien se trataba no valía la
pena permanecer a la defensiva.
-
Anda, no te quejes tanto y echa una partida con nosotros. - Dijo el
chico que seguía en la mesa, señalandole un trozo en el suelo junto
a él para que se sentara.
-
No tenemos tiempo, hay trabajo que hacer. - Le interrumpió el joven,
acercandose a la mesa para dejar un pergamino sobre ella. - Es un
encargo. De los de arriba. - Añadió, enfatizando sus palabras,
dándoles la importancia que él consideraba que tenían.
Alice
y Tomahawk se acercaron a la mesa y todos se quedaron mirando
fijamente a la chica rubia. Elisabeth, que era como se llamaba, cogió
el pergamino preguntandose porqué siempre esperaban que todo lo que
se tuviera que leer fuera ella quien lo hiciera. Que le gustaran los
libros no la hacían la encargada de la palabra escrita ¿No?
Leyó
el texto detenidamente, para sí misma, mirando de reojo la
impaciencia de sus compañeros por que ella les explicara el
contenido de esta. Tras terminar dejó el pergamino de nuevo sobre la
mesa y lo extendió para que todos lo vieran, señalando un párrafo
con el dedo indice.
-
Por lo que pone aquí nuestra fama se está extendiendo. - Apartó la
mano y observó las caras de sus amigos una por una, a medida que
hablaba. - Parece que una familia adinerada del norte ha oído de
nuestra proeza con el blasón y quiere contratarnos para rescatar a
alguien. Pero aquí no pone nada más. Solo que nos dirijamos a su
feudo para establecer las condiciones del contrato. - Se encogió de
hombros y esperó a que los chicos hablaran, su papel de informante
ya había finalizado, ahora tenían que debatir sobre si aceptar o no
el encargo. Su mirada se desvió hasta quedarse fija en el chico
moreno con el que había estado discutiendo, ella era la única que
se daba cuenta. Rohan ya había aceptado el encargo, ahora solo tenía
que observar como hacía creer a los demás que aceptaban viajar al
norte y poner su vida en peligro por propia iniciativa. El chico la
miró a los ojos y sonrió de forma ladina, ella apartó la mirada
torpemente y se sonrojó. ¿Sabría él lo que ella estaba pensando?
Era imposible... ¿O no? Cuando volvió a mirarle ya se encontraba
hablando con soltura con el resto sobre los tesoros que poseería esa
supuesta familia acaudalada y lo bien que iban a pagarles.
Como
ella había previsto, ya habían aceptado el encargo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario