viernes, 4 de abril de 2014

Clandestinos - Capítulo 1


1


Por fin volvía a estar en casa. Hacía muchos años que no volvía a casa. Su trabajo no le dejaba tiempo y el poco tiempo que le dejaba no podía volver. No sabía exactamente por qué no podía volver. O quizá sí que lo sabía, pero ya se le había olvidado. Hacía muchos años de aquello.
- ¿Padre? ¿Madre? - Preguntó el chico tras entrar. No obtuvo respuesta. Dejó las llaves de la motocicleta sobre la mesa del recibidor y se miró en el espejo. Su cabello castaño rojizo caía en una lacia cascada sobre su cara, tapando sus ojos marrones que ahora brillaban de emoción enterrados bajo los mechones sueltos y despeinados de su media melena. Se peinó un poco el pelo con los dedos sin conseguir un resultado muy decente. No sabría que opinaría su madre al verle así, con un aspecto tan desaliñado. Seguramente nada bueno. Levantó ligeramente la camiseta negra que vestía. Tenía las mangas cortadas a tijeretazo limpio, dejando al descubierto sus hombros, y llevaba impreso el nombre de una banda de rock en letras blancas y estridentes. Ahora mismo no reconocía a la banda, pero seguro que le gustaba bastante como para haber decidido gastarse el dinero en una camiseta. Dejó al descubierto la parte baja de su abdómen y observó su reflejo a través del espejo. Tendría que explicarle a su madre lo del tatuaje. Ella se escandalizaría al ver aquella serpiente marcada en su piel. Casi podía oírla poner el grito en el cielo y blasfemar a los cuatro vientos. La serpiente ocupaba todo el lateral izquierdo de su bajovientre y estaba engullendo un ratón a todo color. El ratón de laboratorio, de pelaje blanco y los ojos rojos inyectados en sangre, se veía claramente siendo devorado en ese preciso momento por la sierpe. La angustía del roedor estaba plasmada de una forma increíble. El tatuador era muy bueno. Dejó caer la camiseta. Respiró profundamente y miró de nuevo al pasillo para asegurarse de que no le había visto nadie. Pensó que por el momento no les diría nada, seguramente su padre se enfadaría bastante y después de tantos años, no le apetecía discutir con él. Solo quería abrazarle.
"No se sentirá orgulloso". Pensó el chico mientras caminaba por la amplia casa en dirección a la cocina. Quería, no. Debía contarle a su padre todo lo que había hecho durante todos estos años que había estado fuera de casa. Cruzó la puerta de la cocina acariciando el marco de forma suave y fugaz con la yema de los dedos, como si necesitara notar el tacto de la madera barnizada aunque solo fuera unos segundos. Inspiró profundamente para empaparse con el olor tan peculiar que desprendía la habitación y se encaminó al interior con paso tranquilo. Al pisar el suelo de baldosas verdes de la cocina escuchó un sonido muy particular, sintió, a pesar de la gruesa goma del zapato, como una piedra que llevaba incrustada en la suela estaba rayando una de las baldosas. Se dio cuenta de que no se había limpiado en la alfombra antes de entrar. Miró al suelo girando la mirada sobre sus pasos y se percató de que lo había cubierto todo de barro. Recordó su infancia como en un rápido flashback. Su madre siempre le regañaba por no limpiarse los zapatos. Era una mujer muy dada a su hogar y odiaba verlo sucio. No pudo evitar sonreír al imaginarse a su madre regañarle como antaño, quince años después. Las malas costumbres nunca se pierden, le diría la mujer, y se llevaría un buen sopapo. Nadie pegaba collejas como lo hacía su madre. Su padre solía bromear con el hecho de que el día de su boda su mujer le dio una colleja para que diera el sí quiero en el altar. Claramente esto no era cierto, pero para la gente que la conocía, no era difícil imaginar la escena como verídica.
Abrió la nevera y tanteó con la mano las cervezas de su padre. No, no es el momento, ni el lugar, no es adecuado. Se dijo a sí mismo. Optó por el cartón de zumo de naranja. Cerró el frigorífico y se volteó para terminar frente a la encimera. Desenrroscó el tapon y justo antes de llevarse el cartón a la boca, volvió a recordar que estaba en casa de sus padres. Debía mantener las formas. Se serviría el zumo en un vaso y bebería como una persona normal. Dejó el recipiente de zumo sobre la encimera, volvió a girar y se percató de que los muebles estaban empezando a crecer delante de sus narices, la cocina se estaba transformando en un escenario de Alicia en el pais de las maravillas. Trató de llegar al armario de la cocina en el que se encontraban los vasos, como si no se hubiera dado cuenta de su tamaño actual, como si no le importara haber encogido severos centímetros en apenas unos segundos. No llegaba. Estaba demasiado alto. Pero tenía que llegar, necesitaba ese vaso, era importante. Colocó uno de sus pequeños pies sobre el mango del mueble cajonero. Trató de asirse de alguna manera pero las naúticas que le obligaban a usar para ir al colegio tenían la suela plana y resbaladiza. Lo consiguió tras varios intentos, sonrió de forma victoriosa y se le escapó una leve risita infantil. Empezó a trepar utilizando los mangos de los cajones a modo de escalera vertical. A su madre no le gustaba que lo hiciera, podía hacerse daño, pero mientras no le descubriera no pasaría nada.
- Ya estás otra vez pequeño demonio. - Como si pudiera leerle el pensamiento, escuchó a su madre. ¿Como era capaz de descubrirle siempre que estaba haciendo algo mal? Su madre poseía un don. Un don especial y específico contra su hijo. A pesar de que las palabras parecían duras, en su voz no se podía apreciar ningún tono de enfado. Ni de burla. Ni de nada. Era un tono monótono. Lineal.
Miró en dirección a la entrada de la cocina y pudo ver una sombra femenina que se acercaba paulatinamente a su dirección. Entornó los ojos y trató de verla con claridad, pero no podía. Ella estaba realmente cerca, pero no podía distinguir ningún rasgo particular, era una figura femenina común y emborronada. Hacía muchos años. Si solo hubiera podido conservar una foto... Trastabilló y se cayó al suelo de la cocina. El cajón que había utilizado para trepar se abrió tras la caída en un ángulo anormal y le cayó encima. Los cubiertos se desperdigaron por el suelo ensordeciéndole con miles de tintineos metálicos. El ruido de los cubiertos parecía tener un ritmo concreto, a medida que caían formaban una melodía, una canción conocida. Se despertó y palpo la mesa de café a ciegas, buscando el teléfono móvil.
- ¿Sí? - Pronunció en un tono cansado, aún algo adormilado a medida que abría los ojos.
- Rob. ¿Rob? ¿Te ha pasado algo? Hace media hora que deberías estar aquí. He fichado por ti, pero si no llegas ya, empezaran a buscarte y los dos tendrémos un problema. - ¿Qué? Robert se incorporó de golpe en el sofá de su apartamento. Apartó el teléfono de su oreja para mirar la hora. Mierda. Volvió a colocar el teléfono sobre su oído y contestó a la voz masculina que no había dejado de hablar.
- Voy, voy. Mierda. Lo siento. Me he quedado dormido. Dame media hora, no, menos, ahora estoy ahí. - Colgó el teléfono y se levantó a toda prisa. No se había duchado, pero daba igual, ya lo haría en el campus. Se calzó las botas, cogió la colilla del cigarrillo que se había dejado a medias en el cenicero antes de dormirse y salió a toda prisa, cerrando la puerta tras de si con un portazo.
El campus universitario en el que trabajaba Robert estaba situado a las afueras de la ciudad. Hacía más de cinco años que había firmado un contrato con el dueño de la universidad y aunque no fuera la primera vez que hacía algo mal, se tomaba su trabajo muy en serio. El hombre que había obtenido la propiedad del campus como herencia de su difunto padre, el señor McCoy, no confiaba mucho en Robert, se lo demostraba a diario y siempre le dejaba claro que le había ofrecido su actual puesto de mantenimiento a regañadientes. Su aspecto desaliñado, la indumentaria de rockero trasnochado y los tatuajes, dejaban bastante claro que tipo de persona era el chico que le había venido recomendado. Pero al parecer, el joven McCoy, confiaba en sus contactos y había decidido darle una oportunidad a Robert a pesar de que su instinto empresarial le indicara lo contrario. Robert no podía evitar dejar de pensar en el joven McCoy y en que no se enterara de que se había quedado dormido. La presencia que imponía su joven jefe, con trajes de corte italiano, zapatos de piel, olor almidonado y mirada penetrante le producía escalofríos. Robert siempre había pensado que el señor McCoy pertenecía de una forma u otra a algún tipo de mafia estadounidense asentada en Los Ángeles. A medida que subía la estrecha y serpenteante carretera que llevaba al campus, le daba vueltas a esto, al hecho de que no podía perder el trabajo y, lo más importante, a tener que enfrentarse a McCoy por algo tan estúpido como no haber escuchado el despertador. Giró el manillar y le dio más gas a la motocicleta. Se conocía el camino a la perfección y podía permitirse saltarse el límite de velocidad sin temer sufrir un accidente.
Cuando llegó al campus aparcó la moto en una plaza que compartía con uno de los profesores que también usaba un vehículo a dos ruedas. La motocicleta del profesor era una vespino azul bastante antigua, al igual que la forma de vestir de su propietario, un hippie que parecía haberse quedado estancado en los setenta bajo una montaña de camisas a cuadros y pantalones de pana. Se quitó el casco y se fue corriendo a la sala de personal, en el edificio principal. Esquivó a algunos alumnos y trató de pasar desapercibido, saludando a los conocidos de forma natural para que nadie se diera cuenta de que llegaba tarde. Los estudiantes no estaban muy por la labor de saber que pasaba por la mente del pelirrojo, más bien les daba igual. Robert suspiró profundamente antes de abrir la puerta de la sala de personal deseando no encontrarse a nadie en el interior. Abrió y bajó los tres escalones pronunciando un “buenas” apenas audible y con la cabeza gacha. Miró a la zona del sofá, a la máquina de café, a la mesa, nadie. Alzó la cabeza exhalando de alivio, caminó los escasos diez pasos hasta la puerta del vestidor y se encerró dentro. Abrió su taquilla y sacó su mono de trabajo. La prenda era de color azul marino, y estaba algo gastada en la zona de las rodillas debido al uso. Se desnudó y casi le da un vuelco el corazón al escuchar a alguien aporrear la puerta.
- ¡Date prisa joder! Me acaban de avisar de que la caldera del gimnasio no funciona, como me vean ir solo empezaran a preguntar. - Era la voz de James, su compañero de trabajo.
- ¡Ya voy! Si te dedicas a molestarme tardaré más. - Le contestó el pelirrojo mientras se ponía el mono de trabajo tratando de no caerse al suelo por las prisas. Dejó la ropa amontonada dentro de la taquilla de cualquier manera y la cerró con llave. Una vez salió del vestidor se encontró a su compañero de trabajo frente a la puerta, tendiendole el cinturón de herramientas y apremiándole para que se lo pusiera.
Robert le quitó el cinturón a James con un gesto brusco. Empezó a seguirle, anudándose la prenda, comprobando las herramientas mientras caminaba.
- ¿Que hiciste anoche? Anda que me avisas. - Le recriminó su compañero. James era un hombre de color, de espalda ancha y brazos musculados. No tenía problemas para peinarse ya que llevaba la cabeza rapada al cero. Su brillante calva hacía que las facciones ya duras de su expresión, parecieran aún más duras. Si no lo conocías, seguramente su aspecto te impondría, te produciría una mezcla de temor y respeto, como si te encontraras frente a tu sargento de la marina que acababa de descubrir que habías hecho una trastada. La cara de James siempre era seria y solía fruncir el ceño tan a menudo que se le habían formado unas pequeñas arrugas sobre la nariz que hacían que pareciera siempre enfadado. Pero a Robert no le intimidaba. Lo conocía bastante bien como para saber que su aspecto hosco solo era la fachada de un hombre bueno con demasiados problemas personales.
- Nada. - Mintió Robert mientras caminaban a paso rápido al exterior del campus, en dirección al gimnasio. Se había pasado la noche anterior bebiendo solo en una discoteca a la que no había ido nunca. A veces Robert solo quería beber y que nadie le molestara, buscaba una zona de la gran ciudad en la que podía asegurarse de que nadie le conociera, y solo bebía y bebía. Pero eso no se lo iba a decir a James. El negro le diría que si tenía que ir a beber solo, era que le pasaba algo, y que si le pasaba algo, siempre podía contar con él. Sabía que las intenciones de James eran buenas, que solo pretendía ayudarle, pero no era lo que él necesitaba. La gente no solía entender la necesidad de soledad del pelirrojo. Robert se había cansado ya de intentar explicarlo y que no le comprendieran y trataran de sermonearle. Por lo que que había cedido a no contarlo. Sus noches de soledad y alcohol eran su pequeño secreto.
James le miró con desconfianza, sabía que estaba mintiendo, no había una sola noche en la que el joven pelirrojo no hiciera nada. Pero le conocía demasiado bien como para insistirle. Si Robert no quería contarle algo, no se lo iba a contar. El simple hecho de volver a preguntarle le pondría a la defensiva y de mal humor durante todo el día. El negro solo suspiró y esbozó una sonrisa cansada que el chico le devolvió. Robert caminaba nervioso tras sus pasos, lo pudo ver palpando los bolsillos del mono de trabajo, como si se asegurara de llevarlo todo. Era un muchacho despistado, pero se esforzaba por ser responsable. James admiraba la fuerza de voluntad de Robert. A pesar de andar medio perdido por el mundo, sin encontrar su lugar y sin tratar de buscarlo realmente, hacía lo posible por mantener cierta estabilidad. Una estabilidad un tanto caótica, perdiéndose en las drogas de forma incontrolada cada vez que tenía ocasión. El chico se mostraba orgulloso y receloso ante este tema y no aceptaba la ayuda que nadie quisiera ofrecerle. Como si se tratara de un ciervo salvaje, si intentabas acercarte demasiado aunque solo fuera para observarle, salía corriendo y se perdía en la espesura del bosque para asegurarse de que no lo encontraras nunca más. James hacía lo que podía. Era difícil, pero era su amigo. El sonido de unos pasos con tacones se hizo eco en el pasillo vacío.
- Ah. Señorita McCaine. - Los pensamientos de James fueron interrumpidos al encontrarse con una figura femenina. Se acercó a ella aligerando el paso, elevando la mano en un gesto que podía ser interpretado internacionalmente como “Espere”. La mujer era joven y atractiva. Vestía una blusa blanca a conjunto con una falda negra de tubo por encima de las rodillas que le daba un toque serio y empresarial. Su pelo oscuro estaba cuidadosamente recogido en una cola lateral y en sus manos cargaba un montón de papeles y carpetas. La mujer caminaba despistada, centrada en sus propios pensamientos. Por su reacción era casi como si se hubiera asustado al oir la voz del hombre llamándola. Se giró y clavó sus ojos verdes rasgados sobre las dos figuras masculinas. Primero miró a James, luego deslizó la mirada unos metros más atrás, hacia el chico pelirrojo. El chico estaba sacando algo de su mono de trabajo y no pareció percatarse de su presencia. Volvió a mirar a James, esperando a que hablara. Exhaló un suspiro resignado que delataba la prisa que tenía y la poca gracia que le hacía que la hubieran detenido los chicos de mantenimiento.
- El decano me ha dicho que tenía alguna queja. - Le dijo el hombre de espalda ancha en tono seco. La mujer cargó su peso contra una de sus piernas y elevó la mirada hacia uno de los florescentes como si estuviera pensando, tratando de recordar. James ladeó ligeramente la cabeza y apretó sus enormes labios de forma impaciente, pero le dió tiempo para que le contestara.
- ¡Ah! - Exclamó la mujer volviendo a mirar al hombre de mantenimiento y esbozando una pequeña sonrisa.
- Sí, el aula B3 en el ala oeste. No sé que le pasa al aire acondicionado, pero la última vez que intenté dar una clase tuve que terminarla en la biblioteca. Aquello parecía una sauna. - Prosiguió la mujer bromeando.
- Ahora lo miraremos ¿Verdad chico? ¿Chico? - James miró a Robert.
- ¿Eh? Sí, sí. Después de arreglar lo de la caldera. - Contestó Robert. Alzó los ojos con deliberada calma. Recorrió el cuerpo de la mujer desde los zapatos negros de tacón bajo, subiendo por la piel pálida de sus piernas y continuando en línea recta hasta sus pechos. Se detuvo unos segundos para regocijarse en la poca transparencia que aportaba la blusa. Podía notar las líneas del tatuaje negro a través de la tela. “¿Qué será?” Se preguntaba Robert con curiosidad, nunca la había visto con ningún escote que pudiera darle una pista. Acabó su itinerario personal centrando la pupila en la mirada felina de tono verde prado y largas pestañas de la profesora. Le chiflaba esa mujer. Ella le miró entrecerrando los ojos, se había dado cuenta de la intención de la mirada del muchacho. Robert esbozó una sonrisa ladina a modo de respuesta. La profesora no se la devolvió. Se dió la vuelta algo indignada y siguió su camino.
Robert sacó el teléfono móvil y enfocó a las piernas desnudas de la profesora. Había preparado la cámara dentro del bolsillo con antelación al saber que se encontraba delante de ella. Utilizó el zoom para enfocar el pequeño corte de la falda de tubo y le hizo una foto en el momento exacto en el que uno de sus muslos asomaba por la delgada apertura de la tela.
- ¿Qué haces? Estas enfermo, lo sabes ¿No? - Le dijo James mirando la pantalla del teléfono por encima de su hombro.
- No pienso pasártela. Es para mi colección privada. - Le dijo Robert riendo mientras guardaba de nuevo el teléfono en el bolsillo.
- ¿Vámos o qué? Venga negro, que tenemos muchas cosas que hacer. - Prosiguió apremiando a su compañero mientras empezaba a caminar en dirección al gimnasio con la energía que le caracterizaba.
James bufó resignado y esbozó una sonrisa. Ya podía tranquilizarse en cuanto al retraso y a la posible bronca de los jefes. Había vuelto a salvarle el culo a su amigo. Empezó a maquinar el bar al que llevaría a Robert tras la jornada laboral. Ya que no le daba las gracias, como mínimo que le invitara a un trago.

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