1
Por
fin volvía a estar en casa. Hacía muchos años que no volvía a
casa. Su trabajo no le dejaba tiempo y el poco tiempo que le dejaba
no podía volver. No sabía exactamente por qué no podía volver. O
quizá sí que lo sabía, pero ya se le había olvidado. Hacía
muchos años de aquello.
-
¿Padre? ¿Madre? - Preguntó el chico tras entrar. No obtuvo
respuesta. Dejó las llaves de la motocicleta sobre la mesa del
recibidor y se miró en el espejo. Su cabello castaño rojizo caía
en una lacia cascada sobre su cara, tapando sus ojos marrones que
ahora brillaban de emoción enterrados bajo los mechones sueltos y
despeinados de su media melena. Se peinó un poco el pelo con los
dedos sin conseguir un resultado muy decente. No sabría que opinaría
su madre al verle así, con un aspecto tan desaliñado. Seguramente
nada bueno. Levantó ligeramente la camiseta negra que vestía.
Tenía las mangas cortadas a tijeretazo limpio, dejando al
descubierto sus hombros, y llevaba impreso el nombre de una banda de
rock en letras blancas y estridentes. Ahora mismo no reconocía a la
banda, pero seguro que le gustaba bastante como para haber decidido
gastarse el dinero en una camiseta. Dejó al descubierto la parte
baja de su abdómen y observó su reflejo a través del espejo.
Tendría que explicarle a su madre lo del tatuaje. Ella se
escandalizaría al ver aquella serpiente marcada en su piel. Casi
podía oírla poner el grito en el cielo y blasfemar a los cuatro
vientos. La serpiente ocupaba todo el lateral izquierdo de su
bajovientre y estaba engullendo un ratón a todo color. El ratón de
laboratorio, de pelaje blanco y los ojos rojos inyectados en sangre,
se veía claramente siendo devorado en ese preciso momento por la
sierpe. La angustía del roedor estaba plasmada de una forma
increíble. El tatuador era muy bueno. Dejó caer la camiseta.
Respiró profundamente y miró de nuevo al pasillo para asegurarse de
que no le había visto nadie. Pensó que por el momento no les diría
nada, seguramente su padre se enfadaría bastante y después de
tantos años, no le apetecía discutir con él. Solo quería
abrazarle.
"No
se sentirá orgulloso". Pensó el chico mientras caminaba por la
amplia casa en dirección a la cocina. Quería, no. Debía contarle a
su padre todo lo que había hecho durante todos estos años que había
estado fuera de casa. Cruzó la puerta de la cocina acariciando el
marco de forma suave y fugaz con la yema de los dedos, como si
necesitara notar el tacto de la madera barnizada aunque solo fuera
unos segundos. Inspiró profundamente para empaparse con el olor tan
peculiar que desprendía la habitación y se encaminó al interior
con paso tranquilo. Al pisar el suelo de baldosas verdes de la cocina
escuchó un sonido muy particular, sintió, a pesar de la gruesa
goma del zapato, como una piedra que llevaba incrustada en la suela
estaba rayando una de las baldosas. Se dio cuenta de que no se había
limpiado en la alfombra antes de entrar. Miró al suelo girando la
mirada sobre sus pasos y se percató de que lo había cubierto todo
de barro. Recordó su infancia como en un rápido flashback. Su madre
siempre le regañaba por no limpiarse los zapatos. Era una mujer muy
dada a su hogar y odiaba verlo sucio. No pudo evitar sonreír al
imaginarse a su madre regañarle como antaño, quince años después.
Las malas costumbres nunca se pierden, le diría la mujer, y se
llevaría un buen sopapo. Nadie pegaba collejas como lo hacía su
madre. Su padre solía bromear con el hecho de que el día de su boda
su mujer le dio una colleja para que diera el sí quiero en el altar.
Claramente esto no era cierto, pero para la gente que la conocía, no
era difícil imaginar la escena como verídica.
Abrió
la nevera y tanteó con la mano las cervezas de su padre. No, no es
el momento, ni el lugar, no es adecuado. Se dijo a sí mismo. Optó
por el cartón de zumo de naranja. Cerró el frigorífico y se volteó
para terminar frente a la encimera. Desenrroscó el tapon y justo
antes de llevarse el cartón a la boca, volvió a recordar que estaba
en casa de sus padres. Debía mantener las formas. Se serviría el
zumo en un vaso y bebería como una persona normal. Dejó el
recipiente de zumo sobre la encimera, volvió a girar y se percató
de que los muebles estaban empezando a crecer delante de sus narices,
la cocina se estaba transformando en un escenario de Alicia en el
pais de las maravillas. Trató de llegar al armario de la cocina en
el que se encontraban los vasos, como si no se hubiera dado cuenta de
su tamaño actual, como si no le importara haber encogido severos
centímetros en apenas unos segundos. No llegaba. Estaba demasiado
alto. Pero tenía que llegar, necesitaba ese vaso, era importante.
Colocó uno de sus pequeños pies sobre el mango del mueble cajonero.
Trató de asirse de alguna manera pero las naúticas que le obligaban
a usar para ir al colegio tenían la suela plana y resbaladiza. Lo
consiguió tras varios intentos, sonrió de forma victoriosa y se le
escapó una leve risita infantil. Empezó a trepar utilizando los
mangos de los cajones a modo de escalera vertical. A su madre no le
gustaba que lo hiciera, podía hacerse daño, pero mientras no le
descubriera no pasaría nada.
-
Ya estás otra vez pequeño demonio. - Como si pudiera leerle el
pensamiento, escuchó a su madre. ¿Como era capaz de descubrirle
siempre que estaba haciendo algo mal? Su madre poseía un don. Un don
especial y específico contra su hijo. A pesar de que las palabras
parecían duras, en su voz no se podía apreciar ningún tono de
enfado. Ni de burla. Ni de nada. Era un tono monótono. Lineal.
Miró
en dirección a la entrada de la cocina y pudo ver una sombra
femenina que se acercaba paulatinamente a su dirección. Entornó los
ojos y trató de verla con claridad, pero no podía. Ella estaba
realmente cerca, pero no podía distinguir ningún rasgo particular,
era una figura femenina común y emborronada. Hacía muchos años. Si
solo hubiera podido conservar una foto... Trastabilló y se cayó al
suelo de la cocina. El cajón que había utilizado para trepar se
abrió tras la caída en un ángulo anormal y le cayó encima. Los
cubiertos se desperdigaron por el suelo ensordeciéndole con miles de
tintineos metálicos. El ruido de los cubiertos parecía tener un
ritmo concreto, a medida que caían formaban una melodía, una
canción conocida. Se despertó y palpo la mesa de café a ciegas,
buscando el teléfono móvil.
-
¿Sí? - Pronunció en un tono cansado, aún algo adormilado a medida
que abría los ojos.
-
Rob. ¿Rob? ¿Te ha pasado algo? Hace media hora que deberías estar
aquí. He fichado por ti, pero si no llegas ya, empezaran a buscarte
y los dos tendrémos un problema. - ¿Qué? Robert se incorporó de
golpe en el sofá de su apartamento. Apartó el teléfono de su oreja
para mirar la hora. Mierda. Volvió a colocar el teléfono sobre su
oído y contestó a la voz masculina que no había dejado de hablar.
-
Voy, voy. Mierda. Lo siento. Me he quedado dormido. Dame media hora,
no, menos, ahora estoy ahí. - Colgó el teléfono y se levantó a
toda prisa. No se había duchado, pero daba igual, ya lo haría en el
campus. Se calzó las botas, cogió la colilla del cigarrillo que se
había dejado a medias en el cenicero antes de dormirse y salió a
toda prisa, cerrando la puerta tras de si con un portazo.
El campus
universitario en el que trabajaba Robert estaba situado a las afueras
de la ciudad. Hacía más de cinco años que había firmado un
contrato con el dueño de la universidad y aunque no fuera la primera
vez que hacía algo mal, se tomaba su trabajo muy en serio. El hombre
que había obtenido la propiedad del campus como herencia de su
difunto padre, el señor McCoy, no confiaba mucho en Robert, se lo
demostraba a diario y siempre le dejaba claro que le había ofrecido
su actual puesto de mantenimiento a regañadientes. Su aspecto
desaliñado, la indumentaria de rockero trasnochado y los tatuajes,
dejaban bastante claro que tipo de persona era el chico que le había
venido recomendado. Pero al parecer, el joven McCoy, confiaba en sus
contactos y había decidido darle una oportunidad a Robert a pesar de
que su instinto empresarial le indicara lo contrario. Robert no podía
evitar dejar de pensar en el joven McCoy y en que no se enterara de
que se había quedado dormido. La presencia que imponía su joven
jefe, con trajes de corte italiano, zapatos de piel, olor almidonado
y mirada penetrante le producía escalofríos. Robert siempre había
pensado que el señor McCoy pertenecía de una forma u otra a algún
tipo de mafia estadounidense asentada en Los Ángeles. A medida que
subía la estrecha y serpenteante carretera que llevaba al campus, le
daba vueltas a esto, al hecho de que no podía perder el trabajo y,
lo más importante, a tener que enfrentarse a McCoy por algo tan
estúpido como no haber escuchado el despertador. Giró el manillar y
le dio más gas a la motocicleta. Se conocía el camino a la
perfección y podía permitirse saltarse el límite de velocidad sin
temer sufrir un accidente.
Cuando llegó al
campus aparcó la moto en una plaza que compartía con uno de los
profesores que también usaba un vehículo a dos ruedas. La
motocicleta del profesor era una vespino azul bastante antigua, al
igual que la forma de vestir de su propietario, un hippie que parecía
haberse quedado estancado en los setenta bajo una montaña de camisas
a cuadros y pantalones de pana. Se quitó el casco y se fue corriendo
a la sala de personal, en el edificio principal. Esquivó a algunos
alumnos y trató de pasar desapercibido, saludando a los conocidos de
forma natural para que nadie se diera cuenta de que llegaba tarde.
Los estudiantes no estaban muy por la labor de saber que pasaba por
la mente del pelirrojo, más bien les daba igual. Robert suspiró
profundamente antes de abrir la puerta de la sala de personal
deseando no encontrarse a nadie en el interior. Abrió y bajó los
tres escalones pronunciando un “buenas” apenas audible y con la
cabeza gacha. Miró a la zona del sofá, a la máquina de café, a la
mesa, nadie. Alzó la cabeza exhalando de alivio, caminó los escasos
diez pasos hasta la puerta del vestidor y se encerró dentro. Abrió
su taquilla y sacó su mono de trabajo. La prenda era de color azul
marino, y estaba algo gastada en la zona de las rodillas debido al
uso. Se desnudó y casi le da un vuelco el corazón al escuchar a
alguien aporrear la puerta.
- ¡Date prisa
joder! Me acaban de avisar de que la caldera del gimnasio no
funciona, como me vean ir solo empezaran a preguntar. - Era la voz de
James, su compañero de trabajo.
- ¡Ya voy! Si te
dedicas a molestarme tardaré más. - Le contestó el pelirrojo
mientras se ponía el mono de trabajo tratando de no caerse al suelo
por las prisas. Dejó la ropa amontonada dentro de la taquilla de
cualquier manera y la cerró con llave. Una vez salió del vestidor
se encontró a su compañero de trabajo frente a la puerta,
tendiendole el cinturón de herramientas y apremiándole para que se
lo pusiera.
Robert le quitó
el cinturón a James con un gesto brusco. Empezó a seguirle,
anudándose la prenda, comprobando las herramientas mientras
caminaba.
- ¿Que hiciste
anoche? Anda que me avisas. - Le recriminó su compañero. James era
un hombre de color, de espalda ancha y brazos musculados. No tenía
problemas para peinarse ya que llevaba la cabeza rapada al cero. Su
brillante calva hacía que las facciones ya duras de su expresión,
parecieran aún más duras. Si no lo conocías, seguramente su
aspecto te impondría, te produciría una mezcla de temor y respeto,
como si te encontraras frente a tu sargento de la marina que acababa
de descubrir que habías hecho una trastada. La cara de James siempre
era seria y solía fruncir el ceño tan a menudo que se le habían
formado unas pequeñas arrugas sobre la nariz que hacían que
pareciera siempre enfadado. Pero a Robert no le intimidaba. Lo
conocía bastante bien como para saber que su aspecto hosco solo era
la fachada de un hombre bueno con demasiados problemas personales.
- Nada. - Mintió
Robert mientras caminaban a paso rápido al exterior del campus, en
dirección al gimnasio. Se había pasado la noche anterior bebiendo
solo en una discoteca a la que no había ido nunca. A veces Robert
solo quería beber y que nadie le molestara, buscaba una zona de la
gran ciudad en la que podía asegurarse de que nadie le conociera, y
solo bebía y bebía. Pero eso no se lo iba a decir a James. El negro
le diría que si tenía que ir a beber solo, era que le pasaba algo,
y que si le pasaba algo, siempre podía contar con él. Sabía que
las intenciones de James eran buenas, que solo pretendía ayudarle,
pero no era lo que él necesitaba. La gente no solía entender la
necesidad de soledad del pelirrojo. Robert se había cansado ya de
intentar explicarlo y que no le comprendieran y trataran de
sermonearle. Por lo que que había cedido a no contarlo. Sus noches
de soledad y alcohol eran su pequeño secreto.
James le miró
con desconfianza, sabía que estaba mintiendo, no había una sola
noche en la que el joven pelirrojo no hiciera nada. Pero le conocía
demasiado bien como para insistirle. Si Robert no quería contarle
algo, no se lo iba a contar. El simple hecho de volver a preguntarle
le pondría a la defensiva y de mal humor durante todo el día. El
negro solo suspiró y esbozó una sonrisa cansada que el chico le
devolvió. Robert caminaba nervioso tras sus pasos, lo pudo ver
palpando los bolsillos del mono de trabajo, como si se asegurara de
llevarlo todo. Era un muchacho despistado, pero se esforzaba por ser
responsable. James admiraba la fuerza de voluntad de Robert. A pesar
de andar medio perdido por el mundo, sin encontrar su lugar y sin
tratar de buscarlo realmente, hacía lo posible por mantener cierta
estabilidad. Una estabilidad un tanto caótica, perdiéndose en las
drogas de forma incontrolada cada vez que tenía ocasión. El chico
se mostraba orgulloso y receloso ante este tema y no aceptaba la
ayuda que nadie quisiera ofrecerle. Como si se tratara de un ciervo
salvaje, si intentabas acercarte demasiado aunque solo fuera para
observarle, salía corriendo y se perdía en la espesura del bosque
para asegurarse de que no lo encontraras nunca más. James hacía lo
que podía. Era difícil, pero era su amigo. El sonido de unos pasos
con tacones se hizo eco en el pasillo vacío.
- Ah. Señorita
McCaine. - Los pensamientos de James fueron interrumpidos al
encontrarse con una figura femenina. Se acercó a ella aligerando el
paso, elevando la mano en un gesto que podía ser interpretado
internacionalmente como “Espere”. La mujer era joven y atractiva.
Vestía una blusa blanca a conjunto con una falda negra de tubo por
encima de las rodillas que le daba un toque serio y empresarial. Su
pelo oscuro estaba cuidadosamente recogido en una cola lateral y en
sus manos cargaba un montón de papeles y carpetas. La mujer caminaba
despistada, centrada en sus propios pensamientos. Por su reacción
era casi como si se hubiera asustado al oir la voz del hombre
llamándola. Se giró y clavó sus ojos verdes rasgados sobre las dos
figuras masculinas. Primero miró a James, luego deslizó la mirada
unos metros más atrás, hacia el chico pelirrojo. El chico estaba
sacando algo de su mono de trabajo y no pareció percatarse de su
presencia. Volvió a mirar a James, esperando a que hablara. Exhaló
un suspiro resignado que delataba la prisa que tenía y la poca
gracia que le hacía que la hubieran detenido los chicos de
mantenimiento.
- El decano me ha
dicho que tenía alguna queja. - Le dijo el hombre de espalda ancha
en tono seco. La mujer cargó su peso contra una de sus piernas y
elevó la mirada hacia uno de los florescentes como si estuviera
pensando, tratando de recordar. James ladeó ligeramente la cabeza y
apretó sus enormes labios de forma impaciente, pero le dió tiempo
para que le contestara.
- ¡Ah! - Exclamó
la mujer volviendo a mirar al hombre de mantenimiento y esbozando una
pequeña sonrisa.
- Sí, el aula B3
en el ala oeste. No sé que le pasa al aire acondicionado, pero la
última vez que intenté dar una clase tuve que terminarla en la
biblioteca. Aquello parecía una sauna. - Prosiguió la mujer
bromeando.
- Ahora lo
miraremos ¿Verdad chico? ¿Chico? - James miró a Robert.
- ¿Eh? Sí, sí.
Después de arreglar lo de la caldera. - Contestó Robert. Alzó los
ojos con deliberada calma. Recorrió el cuerpo de la mujer desde los
zapatos negros de tacón bajo, subiendo por la piel pálida de sus
piernas y continuando en línea recta hasta sus pechos. Se detuvo
unos segundos para regocijarse en la poca transparencia que aportaba
la blusa. Podía notar las líneas del tatuaje negro a través de la
tela. “¿Qué será?” Se preguntaba Robert con curiosidad, nunca
la había visto con ningún escote que pudiera darle una pista. Acabó
su itinerario personal centrando la pupila en la mirada felina de
tono verde prado y largas pestañas de la profesora. Le chiflaba esa
mujer. Ella le miró entrecerrando los ojos, se había dado cuenta de
la intención de la mirada del muchacho. Robert esbozó una sonrisa
ladina a modo de respuesta. La profesora no se la devolvió. Se dió
la vuelta algo indignada y siguió su camino.
Robert sacó el
teléfono móvil y enfocó a las piernas desnudas de la profesora.
Había preparado la cámara dentro del bolsillo con antelación al
saber que se encontraba delante de ella. Utilizó el zoom para
enfocar el pequeño corte de la falda de tubo y le hizo una foto en
el momento exacto en el que uno de sus muslos asomaba por la delgada
apertura de la tela.
- ¿Qué haces?
Estas enfermo, lo sabes ¿No? - Le dijo James mirando la pantalla del
teléfono por encima de su hombro.
- No pienso
pasártela. Es para mi colección privada. - Le dijo Robert riendo
mientras guardaba de nuevo el teléfono en el bolsillo.
- ¿Vámos o qué?
Venga negro, que tenemos muchas cosas que hacer. - Prosiguió
apremiando a su compañero mientras empezaba a caminar en dirección
al gimnasio con la energía que le caracterizaba.
James bufó
resignado y esbozó una sonrisa. Ya podía tranquilizarse en cuanto
al retraso y a la posible bronca de los jefes. Había vuelto a
salvarle el culo a su amigo. Empezó a maquinar el bar al que
llevaría a Robert tras la jornada laboral. Ya que no le daba las
gracias, como mínimo que le invitara a un trago.