viernes, 4 de abril de 2014

El Mentiroso


La mentira está sobrevalorada. Preguntes a quien preguntes, entre las cosas más odiadas y despreciadas de la humanidad se encuentra la mentira. Todo el mundo afirma que no soporta que le mientan, achacando a esta la culpa de rupturas de todo tipo, sentimentales, laborales o de amistad. "Es que me mentía" es la frase más utilizada para excusar esas rupturas y denigrar al originador de la bola hasta límites insospechados. Poco importa el tipo de mentira ni el motivo por el cual se ha formado, es el hecho de mentir lo que no se tolera bajo ningún concepto y el utilizarla es castigado con el más horrible desprecio y la crítica más cruel por parte de la persona afectada por la misma. Pero la cruda realidad es que todo el mundo miente. A todas horas. No dejamos de hacerlo ni un minuto, mentimos a los demás y nos mentimos a nosotros mismos sin cesar, en un bucle, día tras día, año tras año, a todo el mundo, sin importar las consecuencias, exculpandonos de toda pena porque los creadores de esa mentira, en ese momento, somos nosotros. Toda a nuestro alrededor está basado en una gran mentira y otras millones de mentiras más pequeñas que lo aderezan, como un gran plato servido en una ensaladera llena de falsedad y ficción, aliñadas con un toque de embuste y salpimentada con enredos y falacias.

Es por eso que Adrián no entendía que Ángela se hubiera enfadado tanto por mentirle. La mentira de Adrián no había sido, según su punto de vista, tan grave como para que Ángela se lo tomara así. Solo había adornado un poco la realidad y había ocultado algo de información que él consideraba innecesaria. Eso es lo que pensaba Adrián mientras sudaba en la cinta de correr. Se preguntaba si el hecho de que hubiera mentido era el verdadero motivo por el cual Ángela había decidido alejarse de él. "No hay nadie que no mienta, además, era una mentirijilla sin importancia." Adrián no se creía nada. El motivo real era otro sin duda. Un motivo más profundo y doloroso para Adrián o incluso para Ángela. Por eso ella le había mentido, para no rebelar la verdadera razón, para ocultarla debajo de la alfombra alegando que como su novio le había mentido, eso era motivo suficiente para tirar una relación de cinco años por la borda. Y como la mentira estaba sobrevalorada, cualquiera mentiría diciendole que había hecho lo correcto. Nadie se pararía a pensar que motivos habían llevado al pobre y desdichado mentiroso a engañar a su pareja. Que más daba, de eso hacía ya más de dos años y si alguien detuviera su entremaniento para preguntarle porque motivo estaba pensando en eso, no sabría que decir. Solo pensaba.
Aumentó el ritmo de la carrera pulsando un par de botones en el panel de la máquina y la cinta comenzó a girar a más rápido, obligandole a aumentar la velocidad y subiendo su ritmo cardíaco. Le gustaba correr en esa máquina. Se diferenciaba de las demás por el modelo, que era más antiguo y por las decenas de marcas que tenía en el panel y los laterales a causa del prolongado uso. A adrián le gustaba especialmente porque siempre estaba libre, era como si la gente rehusase a la pobre máquina solo por el hecho de aparentar estar descatalogada. Era la última a la derecha en una fila de seis y estaba situada frente a una gran ventana desde la que se podía ver el mar. Los primeros días le dio algo de vergüenza, ya que se podía observar el mar porque se encontraba frente al paseo marítimo y eso quería decir que todo el paseo marítimo podía observarle a él. Pero con el tiempo se había habituado. Era lo que hacía siempre. Adrián era un chico de costumbres, un yonki de la rutina. Sin ir más lejos se apuntó al gimnasio porque uno de sus compañeros se lo recomendó, para olvidarse de Ángela y tomarse la vida con más energía y optimismo. A los dos meses, su compañero de trabajo no volvió a pisar el gimnasio, pero Adrián seguía acudiendo todos los lunes, miercoles y viernes a las cinco de la tarde, era una rutina y para él eso era sagrado.

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