Capítulo 1 - Bajo la tormenta.
Ahí
estaba yo, calado hasta los huesos, dejando que el agua que caía de
los mechones de mi cabellera fluyera a velocidad vertiginosa por mi
cara hasta llegar a la riada que se formaba bajos mis pies y
humedecía mis botas. Parecía una eternidad si miraba hacia atrás y
pensaba en cuando la tormenta había empezado a desatarse, era
espantosa, de esas que solo auguran catástrofe, amenazando con
destruir todo lo que se encontrara a su paso. El golpeteo de las
miles de gotas que caían contra el casco y el revestimiento
producían un sonido ensordecedor, las grandes velas, aún
desplegadas a causa de la situación, acompañaban la comparsa con
fuertes impactos secos producidos por el viento. La bandera ondeaba
en el mástil, contenta y orgullosa, bailando con brío, como si el
único motivo por el que existiera fuera para agitarse esa noche. La
música de los dioses del mar solo se enmudecía levemente cuando los
truenos querían efectuar su solo, resonando en mi oído a todo
volumen, asemejándose a gritos de guerra.
Ahí
estábamos los dos, uno frente al otro tratando de mantener el
equilibrio sobre la cubierta. Para poder comunicarnos tendríamos que
gritar, aunque eso era innecesario, la única que quería hablar con
él era mi espada. Una puerta tras de mí crujió y se cerró de
golpe, la tripulación hasta ahora invisible salió a escena rodeada
de gritos que solo los marinos podíamos entender. El estrépito de
mis subordinados se detuvo durante unos segundos. Notaba la tensión
de mi gente en todas mis articulaciones y sentía sus miradas
observándonos a pesar de que mi vista seguía fija en el invasor.
Podía notar como los ojos de mis chicos se deslizaban lentamente por
mi cuerpo hasta clavarse en mi espada. Ellos no sabían que estaba
pasando, antes de la tormenta se encontraban a resguardo en el
comedor, hablando de nuestra travesía con euforia, deseando llegar a
tierra. Pero en ese momento lo entendieron todo.
Apreté
con fuerza el mango de cuero que vestía mi espada, el agua se
deslizaba por su hoja con suavidad, como si la estuviera acariciando.
Miré de reojo a mi segundo a bordo, él solo pudo pronunciar un
¿Capitán? apenas audible bajo la tormenta, cargado de duda e
incertidumbre, al que yo respondí con un leve asentimiento con la
cabeza. Tras mi gesto la marinería se puso a trabajar a nuestro
alrededor bajo los gritos del corpulento contramaestre como si el
polizón no existiera, capeando a vela izada con energía rebosante,
aferrándose a las cuerdas y luchando valerosamente contra nuestro
enemigo más peligroso. El primer oficial de la goleta se hizo cargo
del timón, colocándonos de un bandazo a sotavento. La sirena de
hierro gritó mientras viraba y los 32 metros de eslora que la
componían crujían de dolor a medida que los bucaneros intentaban
domarla.
Bajo la lluvia y el estrépito me abalancé contra mi adversario, esperando que los hombres que corrían sobre la cubierta hubieran podido ejercer algún tipo de distracción sobre él. Mi espada silbó en una estocada limpia hacia su abdomen que para mi sorpresa esquivó con un movimiento grácil, deslizando todo su cuerpo hacia un lado como si no pesara más que una pluma. No cesé en mi empeño a pesar de que casi pierdo el equilibrio y levanté la hoja de nuevo en un movimiento elevado y curvo, apuntando a su cabeza. La sombra del hombre parecía moverse más lenta que él, sus desplazamientos eran limpios e inhumanos. Me hinché de cólera y ataqué sin cesar, dando un golpe tras otro, tratando de cercenar o herir a mi rival de cualquier forma. Pero él esquivaba mis cortes como si fueran lentos, toscos, y bajo su capucha pude ver como me sonreía de forma socarrona, enfureciendome más. Mientras mi espada siseaba a su alrededor él daba pequeños saltos manteniendo sus manos en la espalda, burlándose de mí. De pronto escuché como restallaba la madera bajo mis pies, la sirena no solo era mi barco, era mi amante, mi compañera. Podía comprender sus sonidos a la perfección, así como una madre sabe el significado de cada llanto de su hijo. Me incliné, agachándome, posando mi mano izquierda en el suelo sobre la cubierta, coloqué mis piernas en posición y las tensé, preparado para saltar. Un ola colisionó contra nosotros e hizo oscilar toda la embarcación, levantando la zona en la que yo me encontraba solo unos centímetros y haciendo que mi enemigo se tambaleara y perdiera un poco el equilibrio. Entonces salté hacia él, utilizando toda la fuerza del impacto en su contra, forzando a la musculatura de mi brazo a hendir el filo con firmeza en el interior del sujeto.
Cuando la hoja atravesó el cuerpo del invasor, noté la carne rasgarse a su paso y escuché como brotaba la sangre antes de que esta saliera de su interior. Saqué mi espada de sus entrañas para liberar al preciado líquido carmesí que lo mantenía con vida. La salpicadura duró solo un segundo, lo suficiente como para mancharme la cara y parte de la chaqueta, luego el orificio sangró con normalidad siguiendo el curso de la gravedad con pesadez. El cuerpo de mi contrincante seguía en pie, pero no tardó mucho en caer inerte a la superficie del barco, mientras la lluvia deshacía cualquier indicio de herida, manteniendo los tablones de madera limpios de sangre. Llevándose el agua los restos de su muerte, como si nadie hubiera perecido allí.
Me
quedé un minuto observando el cadáver y en mi mente todo se
desvanecía, las voces a mi alrededor sonaban lejanas al igual que
los truenos y la lluvia. Solo estaba yo frente a ese cuerpo,
mirándome con burlona indiferencia desde su posición. Envainé la
espada y me aparté un mechón de pelo que se me había quedado
pegado a la cara como una especie de plasma debido a la sangre. Al
acercarme al cuerpo le pegué una patada con la punta de mi bota
derecha y sonreí buscando sus ojos perdidos.
-
Ahora ya no te ríes ¿eh? - Le dije al muerto, esperando que me
contestara.
Me
agaché frente a él para quitarle la maldita capucha e intentar
averiguar quien era, pero en ese momento todo se desvaneció. Una luz
blanca y brillante empezó a rodear mi vista y a cegarme, me puse el
brazo en la cara en un intento vano de cubrirme del resplandor que
todo envolvía.
Todo estaba en silencio, intenté ver a través de la luz y a medida que mis ojos se iban adaptando a mi entorno me percaté de que ya no me encontraba en el barco. Estaba en una balsa a la deriva, en un mar de calma chicha sin rastro de tormenta y todo lo que me rodeaba era agua salada, con un horizonte infinito sin rastro de navíos ni islotes. Un pez brotó del mar de un salto espectacular que hizo que sus escamas verdosas centellearan al contacto del sol y fue a parar dentro de la barcaza. Vi como se debatía por sobrevivir golpeando la madera con cola y cabeza en un baile frenético. Era como si pensara que cuantos más golpes daba más impulso podría conseguir para volver a su hábitat. Me acerqué para terminar con su agonía cuando los ojos negros y brillantes se fijaron en mi y pronunciaron mi nombre. El pescado explotó desde dentro, llenando la embarcación con sus tripas, el olor era insoportable, empezó a envolverlo todo y a penetrar en mi interior con cada bocanada de aire que tomaba. Escuché de nuevo los truenos, la lluvia y los gritos, y desperté.
Me desperté en el camastro de mi camarote y lo primero que vi fue un bol de la cocina lleno de tripas podridas de pescado que apestaba como los demonios justo frente a mi nariz. Aparté el cuenco de un manotazo.
-
¡Quítame esa mierda de la cara! - Le dije a la barriga de Gordo
Pete, que se encontraba en un lateral de la cama, dándome los buenos
días y me incorporé de golpe en el camastro, quedando sentado a una
altura perfecta para hablar con mi compañero.
-
¿Esa mierda? ¡Esto te ha despertado tío listo! Llevas horas
inconsciente - Dijo Gordo Pete en el tono de voz que le
caracterizaba, sacudiendo la taza delante mío mientras yo me debatía
por no volver a olerlo. Pete siempre estaba enfadado, o eso era lo
que parecía, porque no sabía hablar sin quejarse o refunfuñar y
siempre alzaba la voz más de la cuenta, como si su interlocutor se
encontrara a kilómetros de distancia.
-
¡Hay que ver! Ni un simple gracias, Pete. Oh, me has despertado,
Pete. Como me alegro de que estés aquí, Pete. Si no fuera por ti,
Pete. - Refunfuñó el cocinero mientras se alejaba del camastro en
dirección a la puerta y se giraba para señalarme con el bol de
forma amenazante justo antes de salir y cerrar la puerta tras de si
con tanta fuerza que casi se cae al suelo. Aún con la puerta cerrada
le podía escuchar quejarse de lo idiota que era yo, lo poco que lo
valoraba y blasfemar contra todo el mundo que se le acercara a
preguntarle que había pasado. Así era Gordo Pete, sus gritos se
escucharían desde tierra.
Cuando
el cocinero se hubo marchado, miré por el ojo de buey pegado a la
pared de la cama y vi que la tormenta parecía haber amainado. Aunque
aún seguía lloviendo, ya que pequeñas gotas golpeaban y
correteaban por el redondo cristal con insistencia. Un pinchazo en el
costado izquierdo hizo brotar un dolor hasta ahora inexistente y al
palpar la zona me di cuenta de que no llevaba camisa.
-
Te he quitado la ropa, tenía que asegurarme de que la herida no era
tuya. - Dijo una voz femenina a mi espalda. Cuando la miré, la
encontré sentada en la silla tapizada en verde de mi escritorio, con
las piernas cruzadas y los dedos de las manos entrelazados sobre su
rodilla. La chica era hermosa y vestía con unos pantalones bombacho
de color blanco y una camisa holgada de color negro con ribetes
verdes. Sus ojos almendrados, algo rasgados, contrastaban con su piel
morena dejando claro que era mestiza, pero sin enfatizar en ninguna
raza en especial. Llevaba la larga melena castaña atada a una cola
de caballo, fija con un broche de pelo de hierro lacado y me miraba
fijamente, con los finos labios apretados, esperando una explicación.
-
Gracias Erza. - Conseguí decir mientras me incorporaba con una mano
en el costado dolorido y me acercaba a la puerta para coger mi
chaqueta de almirante y colocarla pesadamente sobre mis hombros. No
podía permitirme estar frente a un miembro de la tripulación sin
mis galones, era peor que estar desnudo.
-
¿Que ha pasado Rohan? - Insistió la voz suave de la oficial. - Los
chicos dicen que estabas peleando solo en cubierta, si eso es cierto,
entonces... ¿De quien era la sangre? ¿Me lo vas a explicar? - Su
curiosidad aumentaba a medida que me hacía las preguntas mientras
jugueteaba con sus pulgares, algo que solo hacía cuando estaba
nerviosa, bueno, no me malinterpretéis, Erza siempre estaba
nerviosa. Quería decir cuando estaba muy nerviosa.
-
¿Solo? - Me centré en esa parte ya que me resultaba increíble que
eso fuera cierto. Él estaba allí ¿No? y yo lo había matado. Me
senté frente a el escritorio, normalmente me
sentaba en el otro lado, así que por un momento sentí como si yo
fuera el marinero y mi capitán estuviera pidiéndome explicaciones a
mi.
-
Las chicas y yo escuchamos alboroto en cubierta, pero nos pareció
normal debido a la tormenta. Entonces empezamos a escuchar los gritos
en el interior, por los pasillos, y sabíamos que algo iba mal.
Cuando llegué me dijeron eso, que habías estado peleando solo y de
repente te desmayaste. Dijeron que no querían intervenir puesto que
pensaron que estabas practicando, por si nos abordaban bajo la
lluvia. - Dijo Erza mientras apoyaba un codo en la mesa y se llevaba
el mentón a la palma de la mano, sin apartar la mirada de mí.
-
¿Y a nadie le pareció raro? -
-
Por lo visto no, aunque si que pensamos que era raro que estuvieras
lleno de sangre. -
-
No estaba solo Erza, había alguien ahí, creo que era él. Estará
haciendo trampas, como siempre. -
-
¿Entonces crees que sabe donde vamos? -
-
Es posible, no estoy seguro, quizá solo quería molestarme - Dije
sin mucha convicción, no había pensado en que pudiera estar
siguiendo nuestros pasos, pero ahora que lo había dicho la
oficial... Empezaba a temerme que nuestro viaje no sería tan
tranquilo como me esperaba.
-
Mira Rohan. - Dijo la chica poniéndose en pie y colocando la mano
derecha en la vaina de su espada. - Yo solo quiero encontrar a
Chabrenus, esperemos que la piedra nos indique donde está, si él
decide entrometerse en mi camino, le mataré. - Continuó Erza
bastante enfadada, con sus palabras cargadas de seguridad. Tras esto
los dos permanecimos en silencio y la oficial abandonó mi camarote
con paso tranquilo pero firme. Siempre estaba en guardia, eso me
tranquilizaba.
Cuando
la puerta se cerró tras ella suspiré profundamente, no sabía en
que dichoso momento la había cagado, porque seguro que había sido
yo el culpable de que él nos siguiera e intentara truncar todos
nuestros planes, pero lo maldecía con toda mi alma. Miré la carta
de navegación que tenía sobre la mesa y deseé que llegáramos
pronto al Páramo del ocaso. En mis mapas no se
encontraba la isla, pero según el libro de Elisabeth existía y se encontraba en esa zona, al igual que la
piedra que me llevaría a la marisma del Lobo, si Chabrenus se
encontraba allí o no, no era mi problema.
Decidí
ponerme en pie y volver a asumir el mando del navío. Confiaba
plenamente en mi primer oficial, pero no era del tipo de personas que
disfrutaran relevando sus tareas a los demás, si había que cometer
un error, siempre pensaba que debería asumirlo yo. Dejé mi chaqueta
encima del escritorio y caminé unos pasos por mi amplio camarote, si
tenía que salir a cubierta debía hacerlo vestido, tanto para que no
se preocuparan como para que siguieran respetandome. Abrí las dos
puertas que componían mi armario en busca de una camisa limpia que
ponerme. No tenía mucha variedad, así que opté por una sencilla de
lino roja que encontré y me abroché los botones frente al espejo de
cuerpo entero que colgaba de una de las puertas del guardarropa. Fue
solo un momento, pero me pareció ver algo en el interior del espejo,
una sombra gigante que se cernía sobre mí. Al intentar fijar la
vista todo se perdió y lo único que quedaba era mi reflejo. Di unos
leves toques en el cristal con el dedo índice, como si ese gesto
fuera a transformar la imagen de nuevo, pero no sucedió nada.
Achaqué la visión al golpe en la cabeza que me había dejado
inconsciente y cerré la puerta del armario.