Un
hombre trajeado abre la puerta trasera del vehículo y bajo del Rover
abrochándome la americana. Miro a mi alrededor tras el opaco cristal
de mis gafas de sol y esbozo un leve gesto de repugnancia. El coche
reluce impoluto en un negro metalizado que refleja la asquerosa
basura de la zona industrial. El entorno que nos rodea es cochambroso
y nuestro aspecto adinerado contrasta bastante con la pobreza de la
zona. Hemos parado frente a un edificio de diez plantas en ruinas y
tapando el acceso a la puerta principal, o lo que debería ser una
puerta principal, que ahora solo es un marco de madera corroída, hay
tres yonquis sentados en el suelo calentando sus manos en una fogata
improvisada. La mitad del edificio no tiene cristales en las ventanas
y supongo que les da lo mismo dormir dentro que fuera.
Mi
hombre, un árabe fornido con cara de pocos amigos, se acerca a los
indigentes y patea algo de tierra que lanza contra las brasas
ardientes, exterminando el fuego ante el enfado y las quejas de un
borracho barbudo y la mirada temblorosa de una mujer mayor demasiado
delgada cómo para encontrarse sus propias venas con la aguja. Les
miro con desprecio desde mi elevada posición y sigo a mi agente
hacia la entrada del edificio pisando el montón de arena todavía
caliente.
En
las estrechas escaleras, choco contra una niña guineana que apenas
si habrá cumplido los doce años y la niña se detiene frente a mí
y evita mi mirada de forma nerviosa jugueteando con sus manos. Me
disculpo de manera educada y le regalo una sonrisa. La chica se
acerca a mí de repente, con decisión, y alzo una mano en un gesto a
mi subordinado indicándole que se relaje, ya que rápidamente se ha
puesto en tensión y estaba a punto de desenfundar el arma. Las
pequeñas manos de la niña se enredan en mi camisa y afloja el nudo
de mi corbata, tirando ligeramente de ella. Inclino mis hombros y
bajo la cabeza para que ella, de puntillas, pueda decirme al oído lo
que quiere decirme.
Me
enderezo con tranquilidad y la chica desvía la mirada al árabe que
me acompaña. Levanto las cejas y le miro, él me mira a mí con
curiosidad. Meto la mano en mi bolsillo y saco la cartera para darle
cien dólares a la niña. Me agacho para susurrarle al oído. Ella me
mira extrañada y se va corriendo abrazada al billete antes de que me
dé tiempo a cambiar de opinión. Guardo la cartera y hago un
aspaviento retomando el camino escaleras arriba.
El
fortachón me abre una puerta de madera en el quinto piso que ya está
custodiada por dos gorilas armados más y cuando cruzo el umbral se
encarga de cerrarla a mi espalda.
La
habitación a la que llego es amplia y tiene una escasa iluminación
porque todas las ventanas están cubiertas con bolsas de basura. Una
inmensa tela azul marino cubre media pared y parte del suelo, sobre
el que han colocado una mesa, dos sillas y un mástil con una bandera
de la República Libanesa.
Ante
el escenario está Ashan trasteando con una cámara de vídeo
colocada sobre un trípode. Kamîl está apoyado en una pared
polvorienta hablándole a su manos libres y metiendo la mano en una
bolsa de patatas fritas industriales.
-
¿No podíamos grabar en un sitio más sucio? - Le digo a mi hermano
quitándome las gafas de sol. Cómo no sé donde colocar la americana
sin que se ensucie, ni me molesto en pensarlo.
-
No, no podíamos, y deja de tocarme los cojones Muhammad, que acabas de
llegar y ya quiero que te largues. - Mi hermano contesta sin mirarme,
seguramente la cámara es demasiado compleja para su corto intelecto.
-
¿Y éste con quién habla? - Le digo con interés caminando en
dirección a la mesa y pasando mi dedo por la superficie. Al menos el
escenario está limpio.
-
Con una chica americana, creo, no sé, pero le he escuchado decir
"Darling" y cosas así. - Ashan contesta con desinterés y
levanta la mirada de la cámara. - Ya te has aprendido el guión que
te he enviado ¿Verdad? Espero que no hagas una de las tuyas y digas
lo que quieras porque es importante que te ciñas al guión.
-
Sí, sí Ashan, no tengo ganas de discutir, grabamos ésto y me
largo. No llevo una vida tan apacible cómo la vuestra y alguien
tiene que hacerse cargo de las cosas importantes. - No miro a mi
hermano porque mi vista está analizando toda la habitación, pero
siento sus ojos clavados en mi espalda pensando que si fuera por él
lo que me clavaría es un cuchillo.
-
Es importante que los americanos sepan que hemos sido nosotros, sino
no servirá de nada. - Parece satisfecho con el resultado
tecnológico, porque se aleja de la cámara y se acerca a mí
cambiando de tema para volver a apretar el nudo de mi corbata. Alzo
el mentón facilitándole el trabajo de arreglármela y chasqueo la
lengua cuando aprieta demasiado.
-
¿Qué pasa Muhammad - Kamîl me saluda con su árabe de escuela y
marcado acento americano, y me golpea el hombro con el puño sin
dejar de hablar por teléfono. Rápido me ignora de nuevo y me da la
espalda continuando con su conversación en inglés. Ashan se aparta
para analizar mi aspecto con ojo crítico y yo aprovecho para sacudir
el hombro que me acaba de tocar Kamîl. A saber si me ha ensuciado de
grasa de las jodidas patatas fritas.
-
¿Ya le has dicho a tu puta que acabaréis en el infierno? - Elevo un
poco la voz para que se entere bien de lo que le estoy diciendo. Me
molesta que haya dejado el islam, es un crío, pero si Ashan o yo
fallecemos se tendrá que hacer cargo de una de las dos partes de
Hezbolá y no puedo imaginarme a un ateo cumpliendo con los designios
del Señor... Solo de pensarlo me pongo enfermo. Allahu akbar, dale
lucidez y haz que se arrepienta de abandonar tu camino.
Mi
hermano pequeño se gira y se despide de la mujer al teléfono. Me
mira frunciendo el ceño y pone los ojos en blanco a modo de
resignación. Ashan vuelve a pelearse con la cámara.
-
¿Ya estás otra vez? Déjame en paz ¿no? Ashan dice que ésto lo
hacemos por política, que más te dará si voy al puto infierno o
no. - Se excusa utilizando al mediano.
-
Ashan dice, Ashan dice... - Me burlo satirizándole cómo si fuera un
niño pequeño y haciendo el gesto con la mano de blablabla. Le
regalo una mueca altiva y burlona que él ya conoce bien. Entre uno y
otro, no sé por cual sentirme más avergonzado.
-
A mí no me metáis en vuestras riñas. - El mediano Se acerca a
nosotros y nos entrega el maldito guión. - Los disfraces están ahí.
- Señala una gran bolsa de basura que hay en el suelo con desinterés
y vuelve a colocarse frente a la cámara de vídeo. - Va, joder, que
no tenemos todo el día. - Nos apremia con ambas manos. Kamîl y yo
nos miramos y cedemos ante las prisas de nuestro hermano, los tres
estamos deseando terminar con ésto y no volver a juntarnos otra vez
durante un largo tiempo.
-
Y no es una puta. - Susurra Kamîl cuando ambos estamos agachados
sacando la ropa de la bolsa.
-
No me importa, Kamîl, no me lo cuentes...
-
Es una chica que he conocido en una reunión con Lucoil, ¿vale? Es
argelina, y musulmana. -Y me lo cuenta... Pero eso de que es
musulmana me hace algo más de gracia. A ver si consigue hacer que mi
hermano entre en razón y deje de pecar cómo un zorro.
-
Cuando te cases me la presentas. - Le digo con una sonrisa fingida
mientras me coloco mi thobe. Los dos son marrones y los dos son de
talla grande, por lo que no tenemos que discutir sobre cual se pone
cada uno. En menos de dos minutos ya no somos nosotros mismos. Ambos
llevamos barba postiza y un kufi blanco sobre unas pelucas bastante
reales, cortesía de algún cadáver. Lo pienso y me pica la cabeza.
Pero tengo que aguantar.
Nos
sentamos a la mesa y coloco el guión que me ha entregado Ashan sobre
la superficie. Me acaricio la barba por inercia y Ashan levanta el
dedo pulgar desde su improvisada posición de director, indicándonos
que todo es perfecto. Que empiece el espectáculo.
-
Atención americanos...
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