miércoles, 30 de enero de 2013

La marisma del Lobo Cap.1



Capítulo 1 - Bajo la tormenta.



Ahí estaba yo, calado hasta los huesos, dejando que el agua que caía de los mechones de mi cabellera fluyera a velocidad vertiginosa por mi cara hasta llegar a la riada que se formaba bajos mis pies y humedecía mis botas. Parecía una eternidad si miraba hacia atrás y pensaba en cuando la tormenta había empezado a desatarse, era espantosa, de esas que solo auguran catástrofe, amenazando con destruir todo lo que se encontrara a su paso. El golpeteo de las miles de gotas que caían contra el casco y el revestimiento producían un sonido ensordecedor, las grandes velas, aún desplegadas a causa de la situación, acompañaban la comparsa con fuertes impactos secos producidos por el viento. La bandera ondeaba en el mástil, contenta y orgullosa, bailando con brío, como si el único motivo por el que existiera fuera para agitarse esa noche. La música de los dioses del mar solo se enmudecía levemente cuando los truenos querían efectuar su solo, resonando en mi oído a todo volumen, asemejándose a gritos de guerra.
Ahí estábamos los dos, uno frente al otro tratando de mantener el equilibrio sobre la cubierta. Para poder comunicarnos tendríamos que gritar, aunque eso era innecesario, la única que quería hablar con él era mi espada. Una puerta tras de mí crujió y se cerró de golpe, la tripulación hasta ahora invisible salió a escena rodeada de gritos que solo los marinos podíamos entender. El estrépito de mis subordinados se detuvo durante unos segundos. Notaba la tensión de mi gente en todas mis articulaciones y sentía sus miradas observándonos a pesar de que mi vista seguía fija en el invasor. Podía notar como los ojos de mis chicos se deslizaban lentamente por mi cuerpo hasta clavarse en mi espada. Ellos no sabían que estaba pasando, antes de la tormenta se encontraban a resguardo en el comedor, hablando de nuestra travesía con euforia, deseando llegar a tierra. Pero en ese momento lo entendieron todo.
Apreté con fuerza el mango de cuero que vestía mi espada, el agua se deslizaba por su hoja con suavidad, como si la estuviera acariciando. Miré de reojo a mi segundo a bordo, él solo pudo pronunciar un ¿Capitán? apenas audible bajo la tormenta, cargado de duda e incertidumbre, al que yo respondí con un leve asentimiento con la cabeza. Tras mi gesto la marinería se puso a trabajar a nuestro alrededor bajo los gritos del corpulento contramaestre como si el polizón no existiera, capeando a vela izada con energía rebosante, aferrándose a las cuerdas y luchando valerosamente contra nuestro enemigo más peligroso. El primer oficial de la goleta se hizo cargo del timón, colocándonos de un bandazo a sotavento. La sirena de hierro gritó mientras viraba y los 32 metros de eslora que la componían crujían de dolor a medida que los bucaneros intentaban domarla.

Bajo la lluvia y el estrépito me abalancé contra mi adversario, esperando que los hombres que corrían sobre la cubierta hubieran podido ejercer algún tipo de distracción sobre él. Mi espada silbó en una estocada limpia hacia su abdomen que para mi sorpresa esquivó con un movimiento grácil, deslizando todo su cuerpo hacia un lado como si no pesara más que una pluma. No cesé en mi empeño a pesar de que casi pierdo el equilibrio y levanté la hoja de nuevo en un movimiento elevado y curvo, apuntando a su cabeza. La sombra del hombre parecía moverse más lenta que él, sus desplazamientos eran limpios e inhumanos. Me hinché de cólera y ataqué sin cesar, dando un golpe tras otro, tratando de cercenar o herir a mi rival de cualquier forma. Pero él esquivaba mis cortes como si fueran lentos, toscos, y bajo su capucha pude ver como me sonreía de forma socarrona, enfureciendome más. Mientras mi espada siseaba a su alrededor él daba pequeños saltos manteniendo sus manos en la espalda, burlándose de mí. De pronto escuché como restallaba la madera bajo mis pies, la sirena no solo era mi barco, era mi amante, mi compañera. Podía comprender sus sonidos a la perfección, así como una madre sabe el significado de cada llanto de su hijo. Me incliné, agachándome, posando mi mano izquierda en el suelo sobre la cubierta, coloqué mis piernas en posición y las tensé, preparado para saltar. Un ola colisionó contra nosotros e hizo oscilar toda la embarcación, levantando la zona en la que yo me encontraba solo unos centímetros y haciendo que mi enemigo se tambaleara y perdiera un poco el equilibrio. Entonces salté hacia él, utilizando toda la fuerza del impacto en su contra, forzando a la musculatura de mi brazo a hendir el filo con firmeza en el interior del sujeto.

Cuando la hoja atravesó el cuerpo del invasor, noté la carne rasgarse a su paso y escuché como brotaba la sangre antes de que esta saliera de su interior. Saqué mi espada de sus entrañas para liberar al preciado líquido carmesí que lo mantenía con vida. La salpicadura duró solo un segundo, lo suficiente como para mancharme la cara y parte de la chaqueta, luego el orificio sangró con normalidad siguiendo el curso de la gravedad con pesadez. El cuerpo de mi contrincante seguía en pie, pero no tardó mucho en caer inerte a la superficie del barco, mientras la lluvia deshacía cualquier indicio de herida, manteniendo los tablones de madera limpios de sangre. Llevándose el agua los restos de su muerte, como si nadie hubiera perecido allí.
Me quedé un minuto observando el cadáver y en mi mente todo se desvanecía, las voces a mi alrededor sonaban lejanas al igual que los truenos y la lluvia. Solo estaba yo frente a ese cuerpo, mirándome con burlona indiferencia desde su posición. Envainé la espada y me aparté un mechón de pelo que se me había quedado pegado a la cara como una especie de plasma debido a la sangre. Al acercarme al cuerpo le pegué una patada con la punta de mi bota derecha y sonreí buscando sus ojos perdidos.
- Ahora ya no te ríes ¿eh? - Le dije al muerto, esperando que me contestara.
Me agaché frente a él para quitarle la maldita capucha e intentar averiguar quien era, pero en ese momento todo se desvaneció. Una luz blanca y brillante empezó a rodear mi vista y a cegarme, me puse el brazo en la cara en un intento vano de cubrirme del resplandor que todo envolvía.

Todo estaba en silencio, intenté ver a través de la luz y a medida que mis ojos se iban adaptando a mi entorno me percaté de que ya no me encontraba en el barco. Estaba en una balsa a la deriva, en un mar de calma chicha sin rastro de tormenta y todo lo que me rodeaba era agua salada, con un horizonte infinito sin rastro de navíos ni islotes. Un pez brotó del mar de un salto espectacular que hizo que sus escamas verdosas centellearan al contacto del sol y fue a parar dentro de la barcaza. Vi como se debatía por sobrevivir golpeando la madera con cola y cabeza en un baile frenético. Era como si pensara que cuantos más golpes daba más impulso podría conseguir para volver a su hábitat. Me acerqué para terminar con su agonía cuando los ojos negros y brillantes se fijaron en mi y pronunciaron mi nombre. El pescado explotó desde dentro, llenando la embarcación con sus tripas, el olor era insoportable, empezó a envolverlo todo y a penetrar en mi interior con cada bocanada de aire que tomaba. Escuché de nuevo los truenos, la lluvia y los gritos, y desperté.

Me desperté en el camastro de mi camarote y lo primero que vi fue un bol de la cocina lleno de tripas podridas de pescado que apestaba como los demonios justo frente a mi nariz. Aparté el cuenco de un manotazo.
- ¡Quítame esa mierda de la cara! - Le dije a la barriga de Gordo Pete, que se encontraba en un lateral de la cama, dándome los buenos días y me incorporé de golpe en el camastro, quedando sentado a una altura perfecta para hablar con mi compañero.
- ¿Esa mierda? ¡Esto te ha despertado tío listo! Llevas horas inconsciente - Dijo Gordo Pete en el tono de voz que le caracterizaba, sacudiendo la taza delante mío mientras yo me debatía por no volver a olerlo. Pete siempre estaba enfadado, o eso era lo que parecía, porque no sabía hablar sin quejarse o refunfuñar y siempre alzaba la voz más de la cuenta, como si su interlocutor se encontrara a kilómetros de distancia.
- ¡Hay que ver! Ni un simple gracias, Pete. Oh, me has despertado, Pete. Como me alegro de que estés aquí, Pete. Si no fuera por ti, Pete. - Refunfuñó el cocinero mientras se alejaba del camastro en dirección a la puerta y se giraba para señalarme con el bol de forma amenazante justo antes de salir y cerrar la puerta tras de si con tanta fuerza que casi se cae al suelo. Aún con la puerta cerrada le podía escuchar quejarse de lo idiota que era yo, lo poco que lo valoraba y blasfemar contra todo el mundo que se le acercara a preguntarle que había pasado. Así era Gordo Pete, sus gritos se escucharían desde tierra.
Cuando el cocinero se hubo marchado, miré por el ojo de buey pegado a la pared de la cama y vi que la tormenta parecía haber amainado. Aunque aún seguía lloviendo, ya que pequeñas gotas golpeaban y correteaban por el redondo cristal con insistencia. Un pinchazo en el costado izquierdo hizo brotar un dolor hasta ahora inexistente y al palpar la zona me di cuenta de que no llevaba camisa.
- Te he quitado la ropa, tenía que asegurarme de que la herida no era tuya. - Dijo una voz femenina a mi espalda. Cuando la miré, la encontré sentada en la silla tapizada en verde de mi escritorio, con las piernas cruzadas y los dedos de las manos entrelazados sobre su rodilla. La chica era hermosa y vestía con unos pantalones bombacho de color blanco y una camisa holgada de color negro con ribetes verdes. Sus ojos almendrados, algo rasgados, contrastaban con su piel morena dejando claro que era mestiza, pero sin enfatizar en ninguna raza en especial. Llevaba la larga melena castaña atada a una cola de caballo, fija con un broche de pelo de hierro lacado y me miraba fijamente, con los finos labios apretados, esperando una explicación.
- Gracias Erza. - Conseguí decir mientras me incorporaba con una mano en el costado dolorido y me acercaba a la puerta para coger mi chaqueta de almirante y colocarla pesadamente sobre mis hombros. No podía permitirme estar frente a un miembro de la tripulación sin mis galones, era peor que estar desnudo.
- ¿Que ha pasado Rohan? - Insistió la voz suave de la oficial. - Los chicos dicen que estabas peleando solo en cubierta, si eso es cierto, entonces... ¿De quien era la sangre? ¿Me lo vas a explicar? - Su curiosidad aumentaba a medida que me hacía las preguntas mientras jugueteaba con sus pulgares, algo que solo hacía cuando estaba nerviosa, bueno, no me malinterpretéis, Erza siempre estaba nerviosa. Quería decir cuando estaba muy nerviosa.
- ¿Solo? - Me centré en esa parte ya que me resultaba increíble que eso fuera cierto. Él estaba allí ¿No? y yo lo había matado. Me senté frente a el escritorio, normalmente me sentaba en el otro lado, así que por un momento sentí como si yo fuera el marinero y mi capitán estuviera pidiéndome explicaciones a mi.
- Las chicas y yo escuchamos alboroto en cubierta, pero nos pareció normal debido a la tormenta. Entonces empezamos a escuchar los gritos en el interior, por los pasillos, y sabíamos que algo iba mal. Cuando llegué me dijeron eso, que habías estado peleando solo y de repente te desmayaste. Dijeron que no querían intervenir puesto que pensaron que estabas practicando, por si nos abordaban bajo la lluvia. - Dijo Erza mientras apoyaba un codo en la mesa y se llevaba el mentón a la palma de la mano, sin apartar la mirada de mí.
- ¿Y a nadie le pareció raro? -
- Por lo visto no, aunque si que pensamos que era raro que estuvieras lleno de sangre. -
- No estaba solo Erza, había alguien ahí, creo que era él. Estará haciendo trampas, como siempre. -
- ¿Entonces crees que sabe donde vamos? -
- Es posible, no estoy seguro, quizá solo quería molestarme - Dije sin mucha convicción, no había pensado en que pudiera estar siguiendo nuestros pasos, pero ahora que lo había dicho la oficial... Empezaba a temerme que nuestro viaje no sería tan tranquilo como me esperaba.
- Mira Rohan. - Dijo la chica poniéndose en pie y colocando la mano derecha en la vaina de su espada. - Yo solo quiero encontrar a Chabrenus, esperemos que la piedra nos indique donde está, si él decide entrometerse en mi camino, le mataré. - Continuó Erza bastante enfadada, con sus palabras cargadas de seguridad. Tras esto los dos permanecimos en silencio y la oficial abandonó mi camarote con paso tranquilo pero firme. Siempre estaba en guardia, eso me tranquilizaba.
Cuando la puerta se cerró tras ella suspiré profundamente, no sabía en que dichoso momento la había cagado, porque seguro que había sido yo el culpable de que él nos siguiera e intentara truncar todos nuestros planes, pero lo maldecía con toda mi alma. Miré la carta de navegación que tenía sobre la mesa y deseé que llegáramos pronto al Páramo del ocaso. En mis mapas no se encontraba la isla, pero según el libro de Elisabeth existía y se encontraba en esa zona, al igual que la piedra que me llevaría a la marisma del Lobo, si Chabrenus se encontraba allí o no, no era mi problema.


Decidí ponerme en pie y volver a asumir el mando del navío. Confiaba plenamente en mi primer oficial, pero no era del tipo de personas que disfrutaran relevando sus tareas a los demás, si había que cometer un error, siempre pensaba que debería asumirlo yo. Dejé mi chaqueta encima del escritorio y caminé unos pasos por mi amplio camarote, si tenía que salir a cubierta debía hacerlo vestido, tanto para que no se preocuparan como para que siguieran respetandome. Abrí las dos puertas que componían mi armario en busca de una camisa limpia que ponerme. No tenía mucha variedad, así que opté por una sencilla de lino roja que encontré y me abroché los botones frente al espejo de cuerpo entero que colgaba de una de las puertas del guardarropa. Fue solo un momento, pero me pareció ver algo en el interior del espejo, una sombra gigante que se cernía sobre mí. Al intentar fijar la vista todo se perdió y lo único que quedaba era mi reflejo. Di unos leves toques en el cristal con el dedo índice, como si ese gesto fuera a transformar la imagen de nuevo, pero no sucedió nada. Achaqué la visión al golpe en la cabeza que me había dejado inconsciente y cerré la puerta del armario.

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